2ª Entrega Budismo

  • Budismo

Introducción

Cuando regresaron a palacio Gautama miró a su mujer y a su hijo, sus dos seres más amados, y pensó que a ellos también en algún momento les tocaría sufrir, enfermarse y morir, y esto le conmocionó aún más.

Por aquellos tiempos había en la India muchas y diferentes escuelas establecidas. Se dice que llegaron a haber cerca de 1800 escuelas; no hablamos solo de instituciones, sino 1800 escuelas diferentes en cuanto su forma de enfocar la búsqueda de la realización espiritual, 1800 formas diferentes de búsqueda de la divinidad o espiritualidad. Por ponerlo en un contexto moderno sucedía algo parecido a lo que ocurre hoy día con la ciencia médica. Hace treinta años uno tenía un problema de salud y todo lo que necesitaba hacer era llamar a su médico de cabecera. Sin embargo hoy día tienes un especialista diferente para cada parte del cuerpo.

Si seguimos así de aquí a unos cuantos años necesitaremos 50 o 100 médicos para hacer un chequeo normal. Es muy posible que una vez que hayamos conseguido las 100 citas médicas para el chequeo, igual ya no necesitemos un médico, sino un sepulturero. Pongamos por ejemplo un dentista. Creo que hay 32 dientes en la boca. El dentista como bien saben estudia años para sacar su título. Cada diente o muela es una entidad en si misma; imaginaros ahora que los dentistas comenzaran a especializarse en cada una de las muelas y dientes, y en lugar de ir a visitar a un dentista tuviésemos que visitar 32… sería ridículo ¿no?

La especialización cuando se cruza un límite se vuelve ridícula porque se pierde el origen holístico de la cuestión, de la persona o de la situación.

Esto es lo que de alguna manera había sucedido con el camino espiritual en aquella época. La gente comenzó a especializarse en una increíble cantidad de pequeños detalles. Cada escuela tenía una especialización diferente y a su vez cada especialización era un todo en si misma. La búsqueda espiritual había cruzado ese límite por aquella época. Cuando Gautama empezó su búsqueda muchas escuelas ya se habían fusionado, pero aún así seguía habiendo un número enorme de ellas.

«Había en la India 1800 escuelas diferentes, en cuanto su forma de enfocar la búsqueda de la realización espiritual».

Siddhartha fue de escuela en escuela aprendiendo diferentes formas de samadhi o meditación… vio que todas eran experiencias maravillosas, pero aún así no conseguían liberarlo de su condición, seguía sin encontrar lo divino. Fue entonces cuando decidió convertirse en un asceta, en un Samana. En la India existía, y todavía existe, la creencia de que la mortificación del cuerpo puede liberar el espíritu. Siddhartha se dedicó a este camino con la misma determinación que se había aplicado a la meditación. Practicó todos los ascetismos que había, entre ellos dejar de comer; torturó de tal modo su cuerpo que llegó a tener fama de ser el seguidor más extremo de todos en aquel camino, y continuó así durante seis años.

La condición de un Samana es que nunca va a pedir comida o a buscarla porque básicamente quieren superar el instinto básico de supervivencia. El samana camina y nunca pide comida. Pero claro, la gente por aquel entonces era sensible a estas prácticas y si veían a una persona espiritual caminado enfrente de su casa, cocinaban algo y corrían detrás de ella para ofrecérsela. Les servían dondequiera que estuviesen porque sabían que nunca pedirían comida. Por aquel entonces había miles de samanas caminando la India y la gente estaba sensibilizada con estos practicantes y sus modos, así que si incluso no querías pedir comida, pero querías comer, te acercabas a la ciudad y siempre había alguien que te daba algo.

Pero Gautama se tomó el camino samana tremendamente en serio y para evitar esto se fue al bosque. Con la ausencia casi completa de alimento, su delgadez llegó a ser tal después de seis años que se podían contar todos los huesos de su cuerpo. Se volvió básicamente una bolsa de huesos y piel.

«En la India existía y todavía existe la creencia, que la mortificación del cuerpo puede liberar el espíritu».

Una noche estando en este estado, se metió en el río Niranjana para intentar cruzarlo. El río tenía apenas poco más de medio metro de profundidad. Quizás su corriente fuese un poco fuerte, pero la realidad es que a pesar de su poca profundidad no tuvo la energía para poder cruzarlo… simplemente no podía, la corriente lo arrastraba. Al darse cuenta de esto se aferró a la rama de un árbol para evitarlo. No tenía siquiera la fuerza para dar un nuevo paso. Pero Gautama no era de los que se rendía fácilmente y aguantó aferrado a la rama. Fue entonces cuando se pregunto a si mismo:

  • ¿Que es lo que estoy haciendo?
  • ¿Que he estado haciendo recorriendo todo el país de escuela en escuela, aprendiendo esta técnica y aquella otra?
  • ¿Que estoy haciendo ahora aquí, viviendo esta vida de privaciones extremas?
  • ¿Que es esto que estoy buscando? Al fin y al cabo lo único que he conseguido es volverme tan débil que no soy capaz siquiera de cruzar este pequeño riachuelo.
  • ¿Si no tengo fuerzas para cruzar este pequeño riachuelo, como voy a ser capaz de cruzar todo el océano de la existencia?’

Sintió que estaba al borde de la muerte y en ese mismo momento supo que había hecho todo lo posible y que ahora ya no quedaba nada por hacer. Tuvo la certeza de que estaba equivocado, que no podía seguir así. Recordó entonces que una vez siendo aún un niño en un hermoso día soleado, había experimentado espontáneamente un estado maravillosamente inusual y se había quedado completamente absorto en ese profundo estado de dicha y meditación observando la naturaleza. El recuerdo tan vivencial de esa experiencia le hizo pensar que quizás ese podía ser el camino que lo guiaría hacia la realización definitiva en lugar de seguir castigando su cuerpo de la forma brutal en que lo había estado haciendo los últimos años.

«¿Si no tengo fuerzas para cruzar este pequeño riachuelo, como voy a ser capaz de cruzar todo el océano de la existencia?»

Cuando se dio cuenta de esto recuperó de pronto la energía para dar el siguiente paso, y el otro, y el otro, hasta que cruzó el río completamente. Una vez en la otra orilla Gautama se relajó profundamente y una nueva energía y comprensión surgió de su relajación; todo lo que había sido reprimido durante esos seis años floreció y se sintió sin peso, como la pluma de un ave. En ese estado se sentó debajo del árbol Bodhi, el ahora tan famoso árbol Bodhi de Bodghaya. Se sentó debajo del árbol con la determinación de realizar la naturaleza final de su existencia o de lo contrario morir en el intento. Se dijo a si mismo:

«No me moveré de aquí ni abriré mis ojos hasta que llegue a comprender este misterio que me desvela.»

Una vez que tomó su resolución el tiempo se detuvo… porque el problema en la mayoría de los practicantes es que no tenemos una verdadera resolución, cada dos minutos nuestros objetivos cambian. Ahora bien… si estuviéramos totalmente dispuestos a llegar a conocer que hay dentro nuestro… ¿Cuanto tiempo nos llevaría? La realidad es que podría pasar en un momento porque no hay distancias a recorrer para alcanzar nuestro interior ¿no es así? El tiempo solamente es necesario cuando hay una distancia a recorrer, pero si no hay distancia a recorrer no hace falta ningún tiempo para la realización porque no tienes nada en particular que hacer. Solo sentarte.

«Gautama se sentó y entró en una meditación cada vez más y más profunda. Hay quien dice que fue una noche, otros 3 noches, hay quienes dicen que más…»

El caso es que en ese proceso su mente se fue purificando a través de la concentración meditativa y llegó a alcanzar ‘Los Tres Conocimientos’. El primero es la capacidad de recordar las vidas anteriores. El segundo la comprensión de La Ley del Karma de causa y efecto. Con el tercer conocimiento se liberó de todos los obstáculos y apegos y como consecuencia venció la rueda del samsara, como se le llama en Budismo al ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento. Gautama se sentó y entró en un estado de meditación cada vez más y más profundo.

Cuando Gautama salió de este estado de profunda meditación ya no era Siddhartha, era el Buda, una palabra sánscrita que significa «el que ha despertado». Había despertado al total potencial de su propia naturaleza que antes había estado limitada por lo que comúnmente se conoce como dualismo: la idea de un «yo» distinto e inherentemente real, separado de un «otro» aparentemente distinto e inherentemente real que existe fuera de ese «yo»...